santa maría de la cabeza, viuda.

9 de septiembre

    En el Madrid medieval...

“El mundo de la Edad Media es un mundo aristocrático. El Estado y la sociedad están dominados por la nobleza. Un cierto número de familias... domina tierras y gentes. Las proezas y los crímenes de esta aristocracia laico-eclesiástica pueblan la historia de cada siglo; con ellos llenan los cronistas de la época las hojas de los libros. Nada se dice de las otras gentes. La población rural es en su mayor parte dependiente, con diversas gradaciones carece de libertad. Tiene que obedecer, trabajar y pagar rentas. Nada tiene que decir. Básicamente carece de historia”. (H. Dannenbauer)

            Ciertamente parece que las fuentes históricas sólo nos informan de los hechos de los “grandes” como si el resto careciese de significado histórico. Y sin embargo, esta memoria, a inicios de septiembre, nos presenta a un personaje medieval humilde, escondido con Cristo en Dios, que es una mujer, trabajadora, esposa, madre de familia, viuda y anacoreta. En una región concreta, el término de Madrid, recién conquistada por el rey castellano Alfonso VI a los moros del reino taifa de Toledo, que entraba a finales del siglo XI en la historia de Europa occidental. Una zona que había pertenecido hasta entonces al califato de Córdoba, donde se hablaba el árabe y donde los cristianos, denominados Rum (romanos) o también mozárabes, perseveraban en la confesión fe católica según las costumbres antiguas de España heredadas de los visigodos. Tierras que entraban a formar parte de la Castilla del Cid (+1099), y que se esforzaba por aclimatarse a los francos que entraban con los reconquistadores. En una Iglesia que vivía con gozo la reforma gregoriana pero con añoranza e incomprensión la supresión de sus fiestas y costumbres ante la imposición del Rito romano. En un contexto de paz inestable por las continuas incursiones almorávides que no resistían el avance cristiano después de la conquista de Toledo (1085). En un siglo doce donde el Norte ibérico es surcado por enjambres de peregrinos europeos que recorren el Camino hacia la tumba del Apóstol Santiago, que en Toledo comienza a verter al latín la sabiduría que transmiten los árabes y con una Córdoba respira el refinamiento del Oriente.

            ... una mujer santa.

Porque el Medievo no es únicamente un mundo masculino. En el siglo XII el convento proporcionaba una gran vitalidad intelectual, como lo muestran Hildegarda de Bingen, monja estudiosa y mística o la también contemplativa Juliana de Norwich. En el ámbito seglar, el papel de las mujeres era, sobre todo, el de esposas que colaboraban con su maridos o el de viudas que tenían una existencia más independiente. Esta fue la situación de la madrileña universal que fue santa María, mujer de san Isidro y madre de san Illán.

Si en el barroco se la denominaba estrella carpetana bien podemos nosotros calificarla de mujer admirable.  En efecto, la dureza de las condiciones de la sociedad agraria medieval la sentían sobre todo las mujeres. La mujer estaba destinada al matrimonio cuya finalidad era tener hijos. Los campesinos no se casaban para establecer una comunidad de vida y amor, sino para procrear aumentando así la familia. En los campos los hijos representaban una importante fuerza de trabajo. Ya en edad temprana se recurría a ellos para trabajos de apoyo que les familiarizasen con las situaciones básicas de la vida campesina: aperos, reducción de terrones, abrevar los animales, etc. Además, los ideales evangélicos de monogamia, fidelidad y protección no estaban extendidos en la sociedad hispano árabe y tardarían mucho en arraigar entre los campesinos cristianos. La mujer era considerada como propiedad del varón, del padre primero, del esposo después. Debía asegurar primariamente el sustento cuidando los animales y aves del corral, elaborando mantequilla y queso y, básicamente, preparar las gachas. Este era el alimento del pueblo: gachas de cereales, hechas de grano machacado, cocidas en la olla con agua o leche y sal. Pero entre las tareas femeninas estaban no sólo las obligaciones del huerto de casa, la rebusca de hierbas y la recogida de leña en el campo comunal, sino también la ayuda temporera en la agricultura. Las tierras de cereal exigían a los campesinos una cantidad creciente de tiempo y de trabajo. Todos los brazos eran pocos. Allí la mujer araba, rastrillaba, lo mismo empleaba la azada que ahuyentaba a los pájaras después de la siembra. En la cosecha, las mujeres no sólo ataban las gavillas, sino que segaban también con la hoz. Y si no bastaba con los animales del corral se echaba una mano en las cuadras de los bueyes.

Este es el cuadro real en el que se santificó la mujer que sería posteriormente el marco de referencia de la Villa y Corte de un imperio que extendería el culto de la labradora desde las Filipinas hasta California.

Los relatos tradicionales orales y escritos

En el siglo XVIII, al preparar el texto litúrgico de los Maitines del Oficio Divino se escribe, con gran esmero histórico, una primera biografía breve. El relato, destinado para el rezo, resume lo más sustancial que se conservaba en la memoria popular:

María de la Cabeza nació en Madrid o no lejos de esta localidad. Sus padres, piadosos y honestos, pertenecían al grupo de los llamados mozárabes. Fue esposa de san Isidro Labrador. No es fácil decir con qué santidad y trabajos llevó su vida de mujer casada. Sus ocupaciones eran arreglar la casa, limpiarla, guisar la comida, hacer el pan con sus propias manos, todo tan sencillo que lo único que brillaba en su vida eran la humildad, la paciencia, la devoción, la austeridad y otras virtudes, con las cuales era rica a los ojos de Dios. Con su marido era muy servicial y atenta. Vivían tan unidos como si fueran dos en una sola carne, un solo corazón y un alma única. Le ayudaba en los quehaceres rústicos, en trabajar las hortalizas, y en hacer pozos no menos que en el oficio de la caridad, sin abandonar nunca su continua oración.

Como ambos esposos no tenían mayor ilusión que llevar una vida pura y fervorosamente dedicada a Dios, un día se pusieron de acuerdo para separarse, después de criar su único hijo, quedándose él en Madrid, y ella marchándose a una ermita, situada en un lugar próximo al río Jarama. Su nuevo género de vida solitaria, casi celeste, consistía en obsequiar a la Virgen, hacer largas y profundas meditaciones, teniendo a Dios como maestro, limpiar la suciedad de la capilla, adornar los altares, pedir por los pueblos vecinos ayuda para cuidar la lámpara, y otros menesteres.

Estando entregada a esta clase de vida piadosa, unos hombres enemigos, sembradores de cizaña en aquel campo tan limpio de malas hierbas, comunicaron a Isidro que hacía mala vida con los pastores. El santo varón, buen conocedor de la fidelidad y del pudor de su esposa, rechazó a los delatores como agentes del diablo. De todos modos quiso saber de donde habían sacado aquellas especulaciones. La siguió los pasos uno de tantos días. Con sus propios ojos vio que su mujer, como de costumbre, con la mayor naturalidad, se acercó al río, que, aquel día bajaba lleno de agua,  por las lluvias abundantes caídas y, con mucho ímpetu extendió su mantilla sobre la corriente y, como si fuera una barquilla, pasó tranquilamente a la otra orilla, sin dificultad alguna. Con la contemplación directa de esta escena, repetida en otros días, el honor de esta mujer continuó intacto ante su marido y ante los vecinos de la comarca.

En los últimos años de su vida regresó a Madrid y de nuevo empezó a vivir con la admirable vida santa de antes. Después de morir su marido, volvió a su querida casa de la Virgen, como si fuera una ciudad bien defendida por Dios. En este lugar murió, llena de años y méritos.

Presente una gran concurrencia de gentes de aquellos pueblos, fue enterrada piadosa y religiosamente en la misma ermita, en un lugar, especialmente escogido por miedo a una posible profanación de los sarracenos. Cuando éstos fueron expulsados a sus tierras africanas, vigente todavía el ejemplo de la vida santa de esta mujer, fueron localizados sus restos, gracias a una inspiración del cielo. Al sacarlos, todos advirtieron un olor especialmente agradable, nunca percibido.

Hoy sus restos se veneran en Madrid. Muchos aseguran que hace incontables milagros, principalmente curaciones repentinas de dolores de cabeza. Todas esas circunstancias, examinadas por jueces apostólicos, hicieron que Inocencio XII aprobara su culto inmemorial y que últimamente Benedicto XIV le concediera Misa y Oficio propio, asignando la fiesta para un día de mayo en Madrid y en toda la diócesis toledana.

            La primera fuente histórica

            Ahora bien, el texto más antiguo donde se menciona  a la santa es el manuscrito conocido como el Códice de Juan Diácono: una colección de relatos de milagros realizados por su esposo Isidro, escrito en latín con primorosa caligrafía a mediados del siglo XIII, cuando todavía se conservaba fresca la memoria de los santos esposos. El pergamino se custodiaba en el archivo de la vieja parroquia matritense de san Andrés. El autor pudiera ser un archediano de la Almudena o bien el franciscano Juan Gil de Zamora, secretario de Alfonso X el Sabio.

            Si bien en el primer milagro del códice se da a conocer la existencia de un hijo es en el relato del segundo milagro cuando se menciona a la esposa del santo: Isidro, siervo de Dios... eligió vivir con el trabajo de sus manos para ganar su sustento; así, ajustándose por un año, se convirtió en asalariado de un caballero de Madrid. En compañía de su esposa se puso a trabajar en un campo próximo a la villa, dando a Dios lo que era de Dios, y con la debida fraternidad para su prójimo [2].

            Al transmitirnos que compartía sus bienes con los necesitados el diácono Juan nos ofrece la segunda mención: Isidro... siempre rebosaba misericordia en su corazón y nunca dejaba de dar limosna en la medida de sus posibilidades. Y así, un sábado, habiendo distribuido a los pobres todo cuanto había en la cocina, se presentó de improviso un pordiosero pidiendo le diese algo. Movido de extrema piedad, no teniendo nada que darle, suplicó a su mujer: “Te ruego por Dios, querida esposa, que des a este pobre lo que haya sobrado del puchero”. Ella, a sabiendas de que no había quedado nada, por darle contento se fue a traer la olla  vacía; sin embargo, el piadoso designio de Dios quería satisfacer el deseo del piadoso siervo tanto que encontró la olla repleta. La mujer se quedó al principio sorprendida, pero reconociendo el milagro y el favor divino, dio de comer al pobre en abundancia. No lo contó al marido, pues sabía que el desdeñaba la vanagloria. Mas, como a los que arden en el amor de Dios no se les puede cerrar la boca, lo contó a sus vecinos y a otras personas competentes, en la medida en que Dios le había indicado contarlo [4].

            El autor sitúa a su familia en el contexto del relato de la muerte del labrador:  Este hombre de buenas costumbres, que tenía una esposa legítima y un hijo... cayó enfermo en cama, y presintiendo  inminente el último día de su vida, recibido el Viático y después de hacer testamento de su pobre haciendo, amonestando a su familia para que amase al Señor, golpeó su pecho, juntó las manos, cerró los ojos y entregó su espíritu humilde a su Creador y Redentor a quien siempre había servido [6].

            Relatos sencillos que presentan en pinceladas el retrato de una familia cristiana, de campesinos trabajadores que, amando a Dios manifiestan su amor al prójimo compartiendo sus bienes con los necesitados.

 

            Las declaraciones procesales y los recuerdos

En el proceso de canonización de Isidro (siglos XVI-XVII), era imposible no hacer referencia a la mujer con la que estaba unido en matrimonio y en santidad. Por ello, la “Archicofradía del Sacramento, san Pedro, san Andrés y san Isidro”, las Hermandades y los franciscanos de Torrelaguna, comenzaron los trámites para la difusión del culto de la bienaventurada María. El 13 de marzo de 1596 fueron localizadas su reliquias en la vieja ermita visigótica de Ntra. Sra. de la Piedad, junto al río Jarama. Con posterioridad, en el convento dominico de Ntra. Sra. de Atocha de Madrid y en vista de su canonización, tiene lugar la Probanza de la Bendita María de la Cabeza,  que concluye el 21 de junio de 1615. Uno de los testigos declarantes es el presbítero Lope de Vega Carpio.

El contenido de las declaraciones resumen las tradiciones del pueblo de Madrid, transmitidas de generación en generación. Acerca del lugar de nacimiento la diversidad es manifiesta, pues varias villas reivindican a la sierva de Dios: Madrid, Canillejas, Torrelaguna, Uceda, Talamanca, Buitrago y Coveña. Convienen los testimonios en su nombre, María (excepto una testigo que la denomina Toribia), y en que sus padres eran mozárabes y labradores pobres. Madrid y Torrelaguna se disputan el lugar de casamiento, aunque la opinión de la época se decanta por la Villa y Corte, donde naciera su hijo, del que cuentan que se ahogó en un pozo y fue resucitado por su padre. No hay unanimidad en el nombre del hijo; la tradición ha perpetuado el de Illán. Se recuerdan sus peregrinaciones a la iglesia de santa María de la Almudena y a la ermita de la Virgen de Atocha. Se pone de manifiesto que ambos esposos llevaban en familia una vida honrada y religiosa tanto en Madrid como en Torrelaguna o en Caraquiz. Las declaraciones señalan las inmediaciones de esta alquería como el lugar donde malas lenguas la acusaron de adulterio, y donde María con su paso milagroso a pie enjuto sobre las aguas del Jarama hizo ver a su esposo lo infundado de esta acusación. Los testigos aseguran que ya viuda, y de regreso a la sierra carpetana, pasaba su tiempo en el trabajo casero que compaginaba con el quehacer diario de visitar, arreglar y mantener encendida la lámpara del santuario en la Ermita de la ribera del Jarama.

            Las tradiciones orales de Madrid sitúan su casa en los arrabales mozárabes de san Andrés, (donde hoy se levanta el Museo de san Isidro). Allí se muestra el pozo donde cayera su hijo. Ante una persecución almorávide, que deportaba a los cristianos   a Fez y Mequinez, el matrimonio huye de la Villa. A su vuelta, se cuenta de ella cómo trabajaba junto con su marido en las tierras allende el río hacia los Carabancheles, en el lugar donde Isidro hizo brotar un manantial en un lugar completamente seco y árido. De esta fuente relata la Bula de canonización de san Isidro que hay que reconocer en ella el poder divino, puesto que Dios, por intercesión de san Isidro, hace continuos prodigios con los enfermos que se acercan a ella. Sobre ella, se levantó la Ermita, que inmortalizara Goya.

 

De Madrid al cielo

A la intercesión de la santa se le atribuyen no pocos milagros, de los que J. Bleda afirma ser auténticos y probados en las informaciones Apostólicas. Su cabeza, venerada en un relicario, junto con su cuerpo fueron trasladados, de la ermita visigótica que habían poseído los templarios, al convento franciscano de Torrelaguna y depositados en la sacristía en arca de marfil. Allí estuvieron hasta su traslado a Madrid en 1645. Del oratorio de las Casas Consistoriales pasan, en 1769, al retablo de la Colegiata de san Isidro donde actualmente se veneran junto a su esposo.

El Papa Inocencio XII, confirmando y aprobando el culto inmemorial dado a la sierva de Dios, por la Bula Apostolicae servitutis officium del 11 de agosto de 1697, inscribe su nombre en el santoral. El 15 de abril de 1752, por decreto de Benedicto XIV, se concede en su honor Oficio y Misa de Santa María de la Cabeza. En la Bula de canonización del patrón de Madrid, Rationi congruit, el Papa tras reseñar el milagro de la olla repleta de carne concluye así la referencia a la esposa:

La mencionada consorte del bienaventurado Isidro, llamada María de la Cabeza, está considerada por los españoles, en atención a sus santas costumbres, como digna de veneración y, en todo, semejante a su marido. Por esta razón, su antiquísimo culto mereció ser aprobado.

 

Manuel González López-Corps

Capellán de la Ermita de san Isidro