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ASIS (9K)

cruzasis (53K) ORACIÓN DE SAN FRANCISCO
Oh Señor, hazme instrumento de tú paz.
Donde hay odio, que yo lleve el Amor.
Donde hay ofensa, que yo lleve el Perdón.
Donde hay discordia, que yo lleve la Unión.
Donde hay duda, que yo lleve la Fé.
Donde hay error, que yo lleve la Verdad.
Donde hay desesperación, que yo lleve la Esperanza.
Donde hay tristeza, que yo lleve la Alegría.
Donde están las tinieblas, que yo lleve la Luz.
Oh Maestro, haced que yo no busque tanto:
Ser consolado, sino consolar.
Ser comprendido, sino comprender.
Ser amado, sino amar.
Porque:
Es dando, que se recibe.
Perdonando, que se es perdonado
Muriendo, que se resucita a la Vida Eterna.

Hemos estado en Asís y hemos visitado la Iglesia de San Francisco, con su tumba y su entorno. Allí vimos también la oración, hecha por él, que le define como gran Santo y retrata su estilo de vida y su persona.

Si te gusta esta sencilla oración, una de las más famosas de la historia, y quieres saber algo de su autor, puedes leer su biografía o ver la película "Hermano sol, hermana luna", de Franco Zeffirelli, de 1972, o su versión moderna: Francesco, de Liliana Cavani, que cuentan su vida. Podéis adquirir ambas películas en vídeo en la Librería San Pablo, sita en la Plaza Benavente, junto a Sol, Madrid.

Si tomas la costumbre de recitar esta oración despacio cada día, iras siguiendo los pasos para lograr un verdadero crecimiento espiritual. Al leerla, te sentirás identificado con su contenido y te darás cuenta de que existe algo dentro de ti que te atrae hacia esos sentimientos. Ciertamente, todos tenemos esa capacidad de entrega y amor hacia los demás, pero necesitamos alimentarla y desarrollarla. No es fácil porque, al mismo tiempo, también habita en nuestro interior otra fuerza que nos hace ser egoístas y dependientes de todo lo que nos rodea. Tenemos tendencia a pedir: que nos consuelen, que nos amen, que se nos haga justicia... a ese Dios que buscamos fuera de nosotros y a los que nos rodean y no nos damos cuenta que todo cuánto necesitamos está dentro de nosotros mismos. Que la verdadera plenitud la tenemos cuando nos anulamos y nos hacemos instrumentos de ese Dios Padre que actúa a través nuestro con toda su fuerza y se manifiesta en el consuelo, el perdón y el Amor hacia los demás. Para ello, tenemos que desprendernos de todo lo que nos impide realizar ese encuentro; olvidarnos de nosotros mismos, despojarnos de todo lo superfluo para dejar que Él se haga presente y, a través suyo, podamos hacer que la oración de San Francisco sea una realidad en nuestros corazones.

Aprendamos lo que es verdadera humildad, ya que sólo desde ella, podremos conseguir que Él habite en nosotros y nos enseñe esta filosofía de vida que nos marca el camino de la plenitud con Él.

Si nos acostumbramos a recitarla diariamente con fé, lograremos integrarla en nuestra vida y a hacerla nuestra. De esta forma, nos iremos trasformando y seremos conscientes de la presencia de ese Dios, a quien llevamos dentro, disfrutando, con maravilloso asombro, este increíble encuentro.

Pi


CUANDO REZAMOS,

¿qué le pedimos a Dios?
Le pedí a Dios que me quitara el dolor.
Dios me dijo:  No me corresponde a mí quitártelo, sino a ti asumirlo.

Le pedí a Dios que mi hijo, deficiente físico, fuese normal. Dios me dijo que no.
Su espíritu es perfecto y su cuerpo es apenas temporal en su estado actual.

Le pedí a Dios que me diera paciencia.
Dios me dijo: la paciencia deriva de las tribulaciones y no es dada, sino conquistada.

Le pedí a Dios que me diera felicidad.
Dios me dijo que no. Yo te doy bendiciones. La felicidad depende de ti.

Le pedí a Dios que me protegiera del dolor.
Dios me dijo que no.
El sufrimiento te separa del mundo 
y te trae más cerca de mí.

Le pedí a Dios que hiciera crecer mi espíritu.
Dios me dijo que no.
Tienes que crecer solo, 
mas yo te podaré para que des fruto.

Le pedí a Dios todas las cosas para poder disfrutar de la vida.
Dios me dijo que no.
Yo te doy la vida para que puedas disfrutar de todas las cosas.

Le pedí a Dios que me ayudara a amar a otros tanto como él me ama a mí.
Dios me dijo:
Ah, finalmente comprendiste la idea: 
ama a tu prójimo como a ti mismo.




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